Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 35 Defiéndeme
Versículos 13-18: Juzga la ingratitud
Bienvenidos a Miradas. Nuestro recorrido por el libro de los salmos nos ha llevado, paso a paso, hasta el salmo treinta y cinco.
Este salmo, escrito por David, es monotemático, porque todo él es una petición de la intervención de Dios para ayudarle defendiéndole y castigando a los enemigos que de forma injusta y cruel le acosaban.
Hoy nos detendremos en los versículos trece al dieciocho del salmo treinta y cinco en los cuales David pone al descubierta el contraste entre su actitud y la de sus enemigos y renueva su demanda de salvación delante de Dios, porque, a pesar de las poderosas y justas razones que tiene para castigar a sus enemigos, remite a Dios su causa.
Los versículos trece al dieciocho de este salmo treinta y cinco dicen así:
“Pero yo, cuando ellos enfermaron, me vestí de cilicio; Afligí con ayuno mi alma, Y mi oración se volvía a mi seno. Como por mi compañero, como por mi hermano andaba; Como el que trae luto por madre, enlutado me humillaba. Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; Se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía; Me despedazaban sin descanso; Como lisonjeros, escarnecedores y truhanes, Crujieron contra mí sus dientes. Señor, ¿hasta cuándo verás esto? Rescata mi alma de sus destrucciones, mi vida de los leones. Te confesaré en grande congregación; Te alabaré entre numeroso pueblo”.
Repasemos de nuevo lo que acabamos de leer: En el versículo trece David inicia la exposición de su defensa diciendo que, en contraste con sus enemigos: “Pero yo, cuando ellos enfermaron, me vestí de cilicio; Afligí con ayuno mi alma, Y mi oración se volvía a mi seno.
Es decir, sentí sinceramente su dolor como mío. Incluso añade seguidamente, en el versículo catorce que sufrió por ellos como por un familiar, pues dice:
“Como por mi compañero, como por mi hermano andaba; Como el que trae luto por madre, enlutado me humillaba”. Después de ilustrar tan gráficamente como sufrió por sus enemigos, que es como un eco de las palabras de Señor Jesús cuando dijo “amad a vuestros enemigos”, recuerda como le correspondieron ellos a su buena voluntad, diciendo:
“Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; Se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía; Me despedazaban sin descanso”. Cuando la situación del salmista era de necesidad, sus enemigos hicieron piña con otros de su calaña para atacarle aprovechando su debilidad, recordándonos que “del árbol caído todos hacen leña” y con David no fue una excepción.
Es más, aun añade que lo hacían con falsedad y sadismo, pues dice:
“Como lisonjeros, escarnecedores y truhanes, Crujieron contra mí sus dientes”.
En esta situación levanta su clamor delante del Señor, diciendo: “Señor, ¿hasta cuándo verás esto? Rescata mi alma de sus destrucciones, mi vida de los leones”.
A lo largo de los siglos este clamor de “¿Hasta cuando—?” sigue saliendo del corazón de los que son tratados injustamente o son perseguidos por su fe. Pero David ya vislumbra su salvación, pues dice seguidamente:
“Te confesaré en grande congregación; Te alabaré entre numeroso pueblo”.
Miremos a nuestra esperanza y alabemos a nuestro Dios.
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