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Salmo 56 – Acosado y confiado (301)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Bienvenidos a Miradas. Seguimos avanzando por el libro de los salmos y descubriendo cada día nuevas riquezas en el texto de los mismos.

Hoy comenzamos a tratar con el salmo cincuenta y seis, uno de los que escribió David.

En este salmo descubrimos como enfrentar confiadamente las dificultades cuando la confianza está puesta en Dios.

Generalmente, cuando el salmo no es muy extenso lo leemos entero, pero cuando tiene una cierta extensión preferimos ir leyendo y comentando unos pocos versículos cada día, así que leeremos hoy los primeros tres versículos para después comentarlos.

Los versículos uno a tres del salmo cincuenta y seis dicen así:

“Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre; Me oprime combatiéndome cada día. Todo el día mis enemigos me pisotean; Porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia. En el día que temo, Yo en ti confío”.

Tras leer estos versículos, vamos a examinarlos frase por frase.

La primera es un ruego especial, puesto que no invoca derechos sino compasión de parte de Dios, es decir, el salmista se sabe indigno de recibir ayuda, pero la necesita con urgencia y solo Dios puede dársela, por eso invoca su misericordia diciendo:

“Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre”. Seguidamente va desgranando los detalles de su necesidad, pues añade que el acoso de sus enemigos es diario y opresivo con estas palabras: “Me oprime combatiéndome cada día”. Pero no solo era cada día, sin uno siquiera de descanso, sino que cada día el acoso, el abuso, eran continuos, así que no le dejaban ni un momento aprovechando su superioridad, pues dice:

“Todo el día mis enemigos me pisotean”. Pero aun había más, pues añade todavía dos datos que agravan su situación: sus enemigos eran muchos y además prepotentes, porque se sabían superiores, ya que añade:

“Porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia”.

Repasemos, la situación del salmista era verdaderamente gravísima, pues muchos enemigos, superiores y malvados, le atacaban injustamente, cada día y a cada hora, abusando de su superioridad con una prepotencia insultante.

Si estuviésemos en su situación, ¿Cómo reaccionaríamos? ¿Lo haríamos exigiendo a Dios ayuda, a la que nos creeríamos con derecho por ser hijos suyos? ¿O, por el contario, como hizo David, conscientes de nuestra indignidad, nos acogeríamos a la misericordia de Dios?

La reacción de David es admirable y ejemplar. Vamos a examinarla en las dos breves frases con las que termina el versículo tres.

En primer lugar, reconoce su necesidad extrema en aquel momento y situación, pues dice: “En el día que temo”.

Es decir, el momento era gravísimo. Pero la siguiente, y brevísima frase es realmente contundente, pues añade: “Yo en ti confío”. Vamos a leer de nuevo estas dos frases tan importantes: “En el día que temo, Yo en ti confío”.

¡Qué hermosa y práctica lección nos dejan estos primeros versículos del salmo cincuenta y seis!

En la extrema necesidad, sufriendo injusticias y agresiones, acógete a la misericordia de Dios y confía en Él.

Dios siempre responde a los que confían en Él.

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