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Salmo 73 – Entre dos fuegos (377)

Espacio presentado por Daniel Valuja.

Bienvenidos a Miradas. Estamos recorriendo el salmo setenta y tres, un salmo muy fácil de entender y muy clarificador acerca de las realidades de la vida de fe.

Un creyente fiel, que ve a su alrededor como los seres más indignos, prosperan sin problemas y se vanaglorian de ello, llega a dudar y desear ser como ellos, porque, incluso burlándose de Dios, no les pasa nada y la sociedad aprueba su conducta, pero, se da cuenta, que, si lo hiciese, haría un gran daño a otros creyentes, que le tienen a él como referencia moral.

Ese es el tema de los versículos diez al dieciséis que dicen así:

”Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí, Y aguas en abundancia serán extraídas para ellos. Y dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo? He aquí estos impíos, Sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas. Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, Y lavado mis manos en inocencia; Pues he sido azotado todo el día, Y castigado todas las mañanas. Si dijera yo: Hablaré como ellos, He aquí, a la generación de tus hijos engañaría. Cuando pensé para saber esto, Fue duro trabajo para mí“.

Después de leer estos siete versículos del salmo setenta y tres, vamos a meditar en ellos, como cada día, poco a poco.

Igual que al comienzo del salmo, el salmista inicia estos versículos con una afirmación que recoge el cuidado que Dios tiene de los suyos, y que es la conclusión final del salmo, pues dice:

“Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí, Y aguas en abundancia serán extraídas para ellos”.

Pero, seguidamente, vuelve a referirse a los malvados que, convencidos de su impunidad, y orgullosos de sus maldades, incluso se atreven a blasfemar contra Dios, pues están convencidos que Dios no se entera de sus vidas, ni va a hacer nada contra ellos, pues añade el salmo:

“Y dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo?”. Pero, como comprueba el salmista, tampoco la justicia de este mundo les para los pies por lo cual engordan sus tesoros sin que nadie se lo impida, el salmista lo dice con estas palabras:

“He aquí estos impíos, Sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas”. Seguidamente, el salmista, vuelve a mostrar el efecto que esta situación le produce a él y llega a una conclusión, realmente peligrosa, pero que habrá estado en nuestra boca en muchas ocasiones. Si las cosas son así, y la maldad no tiene consecuencias, no vale la pena ser honrado, pues dice: “Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, Y lavado mis manos en inocencia”.

Y añade la razón: él, siendo íntegro, lo está pasando mal a diario, lo confiesa diciendo:

“Pues he sido azotado todo el día, Y castigado todas las mañanas”. Pero, llegado aquí, el salmista se encuentra ante un dilema muy serio. Si él se dedicase a vivir como los malvados, tendría menos problemas, pero arruinaría la vida espiritual de los demás creyentes y eso le parece indigno, ¿entonces qué hará? Lo plantea con estas palabras:

“Si dijera yo: Hablaré como ellos, He aquí, a la generación de tus hijos engañaría. Cuando pensé para saber esto, Fue duro trabajo para mí”.

Este dilema, sin duda, ha sido el nuestro en alguna ocasión.

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