Espacio presentado por Daniel Valuja.
Salmo 30 Salmo de David
Versículos 6-10: Dependencia de Dios
Bienvenidos a Miradas. Nuestro viaje continuado por los salmos nos ha traído hasta el salmo treinta, uno de los muchos que escribió David, y que nos relata con una gran belleza poética como aprendió la dependencia de Dios en su vida.
Como el salmo es breve lo leemos completo conforme a nuestra costumbre porque así durante por pocos días en lo repasamos vamos memorizando su contenido.
El salmo treinta dice así: “Te glorificaré, oh Jehová, porque me has exaltado, Y no permitiste que mis enemigos se alegraran de mí. Jehová Dios mío, A ti clamé, y me sanaste. Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol; Me diste vida, para que no descendiese a la sepultura. Cantad a Jehová, vosotros sus santos, Y celebrad la memoria de su santidad. Porque un momento será su ira, Pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, Y a la mañana vendrá la alegría. En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido, Porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte. Escondiste tu rostro, fui turbado. A ti, oh Jehová, clamaré, Y al Señor suplicaré. ¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad? Oye, oh Jehová, y ten misericordia de mí; Jehová, sé tú mi ayudador. Has cambiado mi lamento en baile; Desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría. Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado. Jehová Dios mío, te alabaré para siempre”.
Ya dijimos al comienzo que este salmo muestra una experiencia de dependencia de Dios vivida de forma personal e inolvidable.
En los versículos seis al diez de este salmo treinta, el salmista cuenta como cuando ya se creía fuerte por si mismo comprobó que su fuerza era solamente la de Dios y que cuando quería andar solo fracasaba y tenía que pedir socorro, vamos a leer los versículos citados para comprobarlo.
Dicen así: “En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido, Porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte. Escondiste tu rostro, fui turbado. A ti, oh Jehová, clamaré, Y al Señor suplicaré. ¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad? Oye, oh Jehová, y ten misericordia de mí; Jehová, sé tú mi ayudador”.
Comienza el salmista reconociendo que aunque era Dios quien le había fortalecido el se sintió lleno autocomplacencia como si situación fuese conseguida por su esfuerzo, pues dice:
“En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido, Porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte”. Pero Dios le retira su apoyo y ya tropieza perdiendo su seguridad y teniendo que clamar por ayuda, pues dice:
“Escondiste tu rostro, fui turbado. A ti, oh Jehová, clamaré, Y al Señor suplicaré”. Y añade, además que sin Dios va a desaparecer por completo y por eso recurre a la misericordia divina que es esa preciosa compasión inmerecida que Dios otorga a quien acude a Él arrepentido, pues dice el salmista:
“¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad?
Oye, oh Jehová, y ten misericordia de mí; Jehová, sé tú mi ayudador”.
Haz tú lo mismo.
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