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Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios?

Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros. Pues en verdad la circuncisión aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión viene a ser incircuncisión. Si, pues, el incircunciso guardare las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión como circuncisión? Y el que físicamente es incircunciso, pero guarda perfectamente la ley, te condenará a ti, que con la letra de la ley y con la circuncisión eres transgresor de la ley. Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios. Palabra de Dios en Romanos 2 versículos 21 a 29.Estaba esta mañana con los redactores preparando el boletín de noticias y hasta en quince ocasiones leímos en los reportes la palabra sostenibilidad…y la usaban en diferentes temas tan dispares como un partido político o un equipo de rugby de Inglaterra.Y es verdad,  desde el mundo de la política y de la empresa nos hablan a menudo de la sostenibilidad. Vivimos en la época de la sostenibilidad. La economía, la creación de empleo, la ecología…a todo le ponemos el sostenible. Queremos que lo material que nos rodea progrese, pero que ese progreso perdure y no sea circunstancial. Aspiramos a un bienestar duradero, queremos avanzar por camino firme. Y eso es lo que entendemos por sostenible.Pero ¿Y en lo espiritual? ¿Buscamos un Dios eterno o nos agarramos a cualquier diosecillo aprendido o instaurado por los nuestros? Me temo que esta segunda opción sea la mayoritaria, seguramente en todas las religiones. Yo como  soy cristiano, lo analizaré  desde mi entorno.Si preguntamos en nuestra comunidad por qué son cristianos evangélicos, muchos no sabrán responderte o te dirán que nacieron en un ambiente cristiano, que se educaron en el cristianismo, que se han habituado a ir al culto, que están cómodos donde están, que buscar más allá crea dudas, inseguridad, incomodidad. Incluso habrá algunos que respondan que da lo mismo, que lo importante es tener una religión para poder pedir por sus necesidades y tener un respaldo divino que justifique sus actos.Tristemente nuestra fragilidad humana y nuestro limitado poder han creado dioses terribles llenos de ira y siempre enfadados. Recordemos tan solo la costumbre de sacrificar vidas humanas, de la que no se libraron ni los monoteístas judíos.A medida que el ser humano ha sido capaz de disminuir su grado de fragilidad  y ha aumentado su poder sobre el entorno  ha disminuido el recurso a divinidades y religiones porque se ha ido creyendo importante y no necesitado de Dios.Por eso muchos culpan a la Ciencia de tal alejamiento, puesto que ella ha sido el motor de citados progresos.  Y nada más contrario a la realidad. La Ciencia no hace más que evidenciar a Dios y derribar ídolos, muchas veces con la oposición de las supersticiones religiosas, pero con la fuerza del Creador de todo. Creador incluso de esa ciencia que algunos pretenden utilizar para negar la existencia de su creador y llegando a conclusiones peregrinas que lo único que dejan en evidencia es su fanatismo e ignorancia. Dios no solo es real si no que es el creador de Todo.La verdadera causa del olvido de Dios está en que nos han enseñado y aún nos imponen un dios pequeño de usar y tirar, de colocar en una peana de piedra o de cartón. Es decir, un dios falso, circunstancial, tergiversado por la mente humana y por tanto no perdurable, no sostenible.Porque sostenible es solo el Dios interior y personal, que nos encuentra cuando estamos perdidos, fuerza y motor de nuestra humanidad. Innumerables citas evangélicas lo corroboran. Por ejemplo, todas las que hablan de encontrar a Dios o del reino de Dios.Por contra, estamos colgados de un ausente dios intervencionista, irracional, trasnochado y oficializado: Dios arriba sentado en su trono y nosotros abajo, en nuestro destierro terrenal.Casi toda nuestra actividad espiritual consiste en convencerle para que baje y nos auxilie y en el caso de los católicos en insistir a la Virgen y a los Santos para que le convenzan.A ese querer un dios intervencionista sumamos el error de pensar que estas personas santas  pero humanas como nosotros nos comprenderán mejor por ser de nuestra raza, tendrán más misericordia que el mismísimo Dios y le persuadirán de que actúe y nos socorra. Lo cual es una blasfemia, consentida y cultivada por algunos responsables religiosos, que oficialmente han instaurado la absurda intercesión.Y con estos pensamientos nos hacemos consciente o subconscientemente la imagen de un dios más propio del Ikea, de la época en que vivimos, que se dedica a  atender nuestra larga lista de peticiones que son, mayormente, carnalidades como si El no supiese cuales son nuestras verdaderas necesidades o se las cuenten sus  enchufados del cielo. También, generosamente, le colocamos las necesidades de nuestros prójimos  y así nos sentimos liberados y satisfechos de nuestra solidaridad.Incluso algunos tienen la imagen de un dios duro de oído al que hay que arrancarle los milagros o favores a base de repeticiones vanas de nuestras solicitudes.No estoy exagerando. Muchísimos cristianos somos o hemos sido idólatras aborreciendo esa idolatría que practicamos como si solo ponerse a rezar debajo de una estatua lo fuese.¿Todos estos "dioses", con los que convivimos, concitarán muchas adhesiones y atraerán a los alejados, jóvenes, dubitativos, ateos…? Creo que no, solo causarán muchas deserciones, indiferencias, sarcasmos y rechazos.Nos lo reprocha Pablo en los versículos con los que comenzaba este editorial. Y yo he llegado a la triste conclusión de que el ateísmo o no creencia de muchos está causado por las malas imágenes que ofrecemos de Dios y que las religiones oficiales han presentado durante siglos.No entiendo cómo es posible que desde las diferentes denominaciones cristianas se siga planteando un Dios alejado del corazón del hombre con recursos de unas escrituras interpretadas interesadamente y desde una perspectiva carnal. Algunos dicen que nos lo inocularon desde el principio y eso es muy difícil de cambiar. Salvo que se haga un camino de búsqueda y maduración personal al que pocos nos empujan.Porque nuestra pobreza espiritual, nuestra limitación y nuestra fragilidad nos empujan instintivamente hacia un algo o alguien poderoso que nos pueda socorrer. El instinto religioso es connatural al ser humano y así lo corrobora la historia.Como no siempre nos predican al Dios verdadero hay que buscarle personalmente con insistencia. Trabajo que una mayoría ni intenta. Casi siempre nos apoyamos en la divinidad que nos enseñan o nos imponen los poderosos. Y las manifestaciones religiosas suelen venir impuestas por los poderosos de cada religión. Pero toda esa historia religiosa tiene el mismo origen: la realidad de nuestra fragilidad, de nuestra indigencia humana.Nuestra necesidad de agarrarnos a un clavo ardiendo nos mantiene en rutinas religiosas y en devociones superfluas, difundidas como milagrosas. Se practica una religión como quien juega a la lotería, a ver si nos toca el milagro. Esa es la religión de muchísimos. Pocos, muy pocos, buscan la experiencia interior de un Dios que intuyen muy íntimo y cuyo trato les aporta energía, luz y amor.Es decir, nos solemos conformar con las rutinas religiosas y nos olvidamos, del contacto y experiencia personal con un Otro que nos trasciende, acompaña y abraza.Y no se trata de tener un Dios particular y alejarnos de la necesaria comunión con los hermanos de la iglesia si no de que juntos todos lleguemos a ese Dios maravilloso y eterno, cercano y amable que pone en nosotros el fuego del Amor. A ese Dios maravilloso que crece en nosotros a medida que vamos disminuyendo nosotros.