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Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios. Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando. Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.

Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo. Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos creyeron. Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén. Palabra de Dios en Marcos capítulo 16, versículos 9 al 20.

Hablaba hoy con mi compañero de trabajo y amigo, Juan Cuesta, de cómo algunas personas utilizan ser cristiano como un uniforme o un disfraz y corrompen con su indolencia  o su teatro a los débiles en la fe. Van por todo el mundo viviendo del evangelio y no viviendo el evangelio.

Al texto original de Marcos se le añadió en algún momento un apéndice donde se recoge este mandato final de Jesús: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El Evangelio no ha de quedar en el interior del pequeño grupo de sus discípulos. El Maestro les dice que  deben salir y desplazarse para alcanzar al mundo entero y llevar la Buena Noticia a todas las gentes, a toda la creación.

Sin duda, estas palabras eran escuchadas con entusiasmo cuando los cristianos estaban en plena expansión y sus comunidades se multiplicaban por todo el Imperio, pero ¿cómo escucharlas hoy cuando nos vemos impotentes para retener a quienes abandonan nuestras iglesias porque no sienten ya necesidad de nuestra vida, de nuestra fe?

Lo primero es vivir desde la confianza absoluta en la acción de Dios. Nos lo ha enseñado Jesús. Dios sigue trabajando con amor infinito el corazón y la conciencia de todos sus hijos e hijas, aunque nosotros los consideremos ovejas perdidas. A  Dios no le afectan las crisis ni los desengaños.

El no está esperando a que desde las Iglesias pongamos en marcha nuestros planes de restauración o nuestros proyectos de innovación. Él sigue actuando en las Iglesias y también fuera de las Iglesias. Nadie vive abandonado por Dios, aunque no haya oído nunca hablar del Evangelio de Jesús.

Pero todo esto no nos quita nuestra responsabilidad. Hemos de empezar a hacernos nuevas preguntas: ¿Por qué caminos anda buscando Dios a los hombres y mujeres de la cultura moderna? ¿Cómo quiere hacer presente al hombre y a la mujer de nuestros días la Buena Noticia de Jesús?

Hemos de preguntarnos todavía algo más: ¿Qué llamadas nos está haciendo Dios para transformar nuestra forma tradicional de pensar, expresar, celebrar y encarnar la fe cristiana de manera que propiciemos la acción de Dios en el interior de la cultura moderna? ¿No corremos el riesgo de convertirnos, con nuestra inercia e inmovilismo, en freno y obstáculo cultural para que el Evangelio se encarne en la sociedad contemporánea?. Hace unos días fui con unos hermanos a la Iglesia de Hillsong en Madrid y pudimos asistir a un mover impresionante del Espíritu Santo entre los jóvenes…la palabra que dio su pastor fue impecable, directa, sencilla y con el ritmo al que los jóvenes están hoy acostumbrados. Con el ritmo que El Propio Jesucristo dio a la relación del mundo con  el Dios al que acercó a los que vivían subyugados por el temor.

Nadie sabe cómo será la fe cristiana en el mundo nuevo que está emergiendo, pero, difícilmente será una copia del pasado. El Evangelio tiene fuerza para inaugurar un cristianismo nuevo.

Debemos presentarnos al mundo limpios por la sangre de Cristo, felices, gozosos, sin cargas…sin disfraces. Ser cristiano no es un oficio ni una fiesta de disfraces.