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Somos llamados a ser completos, aceptando toda nuestra verdad y abriéndonos a la identidad que trasciende el yo podemos vivir la misericordia o compasión.

¿Ojo por ojo? La conocida como ley del Talión era un avance en la regulación moral del comportamiento humano, al limitarse la venganza a una acción que fuera proporcionada a la ofensa recibida. Era el pago justo a una ofensa sin exagerar.

Ese avance, que se atribuye a Hamurabi de Babilonia, lo encontramos expresamente en el Libro del Levítico de esta manera: "Y el que causare lesión en su prójimo, según hizo, así le sea hecho: rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que haya hecho a otro, tal se hará a él.".

Hoy, sin embargo, a pesar de que nuestros comportamientos sigan guiándose, en la práctica, por aquella misma ley, y a veces nos pida el cuerpo medir al otro con la misma vara que él ha usado, encontramos reservas a la misma.

Dentro del propio proceso evolutivo, parece que, aun con muchos altibajos y retrocesos, se está produciendo la emergencia de una conciencia más universal, a la que le repugna el enunciado mismo de la ley del Talión. De hecho, de aplicarse el principio del ojo por ojo, no sería extraño que todos acabáramos ciegos.

Las reservas a esa ley nacen, a mi modo de ver, de una doble constatación, que podemos encontrar en todos los maestros espirituales y que se manifiestan patentemente en el mensaje de Jesús: el reconocimiento de nuestra unidad básica común, que hace que el perdón sea infinitamente más humano que la venganza, y la constatación de que el mal nace siempre de la ignorancia o inconsciencia.

Como he escrito en otros editoriales, el mensaje de Jesús en este punto es admirable y toca las cimas de la más noble aspiración humana. Por más que nos resulte utópico y difícil de alcanzar, algo en nuestro interior nos dice que es verdadero. Al escucharlo, nuestro corazón se expande, como abriéndose a dimensiones nuevas, desconocidas pero añoradas.

El comportamiento que propone Jesús no tiene nada que ver con principios morales ni con esfuerzos voluntaristas, sino con la comprensión de lo que somos. Por eso, no hay lugar tampoco para el orgullo o la autosuficiencia, ni para la idea del mérito. Se hace porque se ha visto. El yo no puede hacer nada sin esperar un beneficio, porque su objetivo natural es alimentarse a sí mismo. La conciencia unitaria ofrece otra visión radicalmente diferente, de la que nace un comportamiento nuevo.

Desde ella, somos capaces también de comprender que el mal es producido por la ignorancia. Como dice Tolle, "en el planeta, sólo hay un perpetrador de maldad: la inconsciencia humana". En el evangelio de Lucas, Jesús mismo muere diciendo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Y cuando una persona hace sólo lo que puede, porque no ve más allá, ¿cómo no perdonarla?

El mensaje de Jesús parece dar por supuesto que uno mismo responde bien a las exigencias del otro porque no se siente agraviado. Pero, para no sentirse agraviado, es necesario no estar identificado con el yo. ¡Al yo, por el contrario, le encanta sentirse ofendido, porque ese sentimiento fortalece intensamente la sensación de su propia identidad! Pocas cosas alimentan tanto al yo como el agravio, la queja y el resentimiento...; si acaso, el elogio. Por eso se ha dicho que, si quieres ver en acción el ego de una persona, sólo hay que adularla o criticarla.

Me contaba mi amigo y colaborador de LA VERDAD DE SOL A SOL, Miguel Luján, una historia en la que un hombre llegó a la conclusión de que vivía muy condicionado tanto por los halagos como por la aceptación de los demás, como por sus críticas o rechazos. Dispuesto a afrontar la situación, visitó a un sabio. Este, después de escucharle, le dijo que debía ir al cementerio a halagar a los muertos. Lo hizo y al regresar el sabio le preguntó qué había pasado…nada, están muertos. Le dijo que regresase ahora a insultarlos y al volver la misma respuesta sobre lo sucedido: nada, están muertos.

El sabio entonces le dijo: Pues como esos muertos has de ser tú. Si no hay nadie que reciba los halagos o los insultos, ¿cómo podrían éstos afectarte?

Y llegamos al principio de todo EL AMOR pero ¿Amar sólo al amigo? Para empezar, es necesario aclarar que el Antiguo Testamento no ordenaba aborrecer al enemigo. Quizás se trate de un semitismo, cuyo significado sería: "no estás obligado a amar a tu enemigo". Jesús, situado en la conciencia unitaria en la que se vivía, invita una vez más a mirar desde ella. Y lo que se ve desde ella es que no existen "enemigos". La unidad radical en el Padre me hace ver a todos tal como Dios los ve.

Durante mucho tiempo se enseñó que "Dios premia a los buenos y castiga a los malos" pero Jesús dice exactamente lo contrario: Dios es bueno siempre con todos. Pero quien ha hecho un Dios vengativo, está justificando su propia venganza. Si alguien te habla aun de castigos y de un Dios iracundo es porque NO CREE EN JESÚS, no cree en DIOS.

Mirar como Dios mira significa situarnos más allá del yo separador, en una perspectiva que trasciende la perspectiva egoísta y nos conecta con la Unidad que somos. Y en esa ausencia del yo, nos parecemos al Padre.

Mateo, como buen judío, habla de ser "perfectos". Lucas, con acierto, lo corregirá y dirá: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso". Y tiene razón, porque a los humanos no se les puede pedir que sean "perfectos"; porque no sólo no está a su alcance, sino que esa demanda puede introducir en un perfeccionismo estéril y agotador.

Somos llamados a ser completos, aceptando toda nuestra verdad y abriéndonos a la identidad que trasciende el yo podemos vivir la misericordia o compasión.

En estas "antítesis" –"se os ha dicho..., pero yo os digo..."- del Sermón de la montaña, se nos ponen delante cinco casos concretos que tienen que ver con la vida relacional y comunitaria: la reconciliación, la mirada limpia que no pretende poseer al otro, la veracidad y transparencia en el hablar, la no violencia o mansedumbre bíblica y el amor gratuito que incluye al enemigo.

En todos ellos podremos avanzar gracias a la comprensión de quienes somos, que nos lleva a alejarnos progresivamente de nuestro yo.