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Editorial del programa "La verdad de sol a sol" con Luis Ortiz.

Algunas veces nos quejamos de nuestra situación y pensamos que Dios no nos escucha, que se ha olvidado de nosotros, que no nos quiere…Es muy difícil aceptar los malos tiempos, las frustraciones y las decepciones cuando crees que todo lo haces de acuerdo a la voluntad de Dios y resulta sobre todo así de difícil porque nos han venido un evangelio cómodo lleno de milagros desde un sector y terriblemente resignado desde otro. Por ello nos relajamos y no trabajamos como corresponde, hacemos la vista gorda ante la injusticia y no nos dejamos utilizar por Dios para su Reino. Muchos dicen que Dios da pan al que no tiene dientes y la visión rápida y sin meditar nos puede llevar a esa conclusión.

Lucas y Mateo han recogido en sus respectivos evangelios unas palabras de Jesús que, sin duda, quedaron muy grabadas en sus seguidores más cercanos. Probablemente las haya pronunciado mientras se movía con sus discípulos por las aldeas de Galilea, pidiendo algo de comer, buscando acogida o llamando a la puerta de los vecinos.

Quizás no siempre reciben la respuesta deseada, pero Jesús no se desalienta. Su confianza en el Padre es absoluta. Sus seguidores han de aprender a confiar como él: «Os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá». Jesús sabe lo que está diciendo pues su experiencia es esta: «quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre».

Si algo hemos de reaprender de Jesús en estos tiempos de crisis y desconcierto en las Iglesias es la confianza. No como una actitud ingenua de quienes se tranquilizan esperando tiempos mejores. Menos aún como una postura pasiva e irresponsable, sino como el comportamiento más evangélico y profético de seguir hoy a Jesús, el Cristo. De hecho, aunque sus tres invitaciones apuntan hacia la misma actitud básica de confianza en Dios, su lenguaje sugiere diversos matices.

Pedir es la actitud propia del pobre que necesita recibir de otro lo que no puede conseguir con su propio esfuerzo. Así veía Jesús a sus seguidores: como hombres y mujeres pobres, conscientes de su fragilidad e indigencia, sin rastro alguno de orgullo o autosuficiencia. No es una desgracia vivir en una Iglesia pobre, débil y privada de poder. Lo deplorable es pretender seguir hoy a Jesús pidiendo al mundo una protección que solo nos puede venir del Padre. Y muchas veces desde la iglesia se actúa de esa manera.

Sabemos que buscar no es solo pedir. Es moverse, dar pasos para alcanzar algo que se nos oculta porque está encubierto o escondido. Así ve Jesús a sus seguidores: como buscadores del reino de Dios y su justicia. Es normal vivir hoy en una Iglesia desconcertada ante un futuro incierto. Lo extraño es no movilizarnos para buscar juntos caminos nuevos para sembrar el Evangelio en la cultura moderna. Finalmente debemos ver que llamar es gritar a alguien al que no sentimos cerca, pero creemos que nos puede escuchar y atender. Así gritaba Jesús al Padre en la soledad de la cruz. Es explicable que se oscurezca hoy la fe de no pocos cristianos que aprendieron a decirla, celebrarla y vivirla en una cultura premoderna. Lo lamentable es que no nos esforcemos más por aprender a seguir hoy a Jesús gritando a Dios desde las contradicciones, conflictos e interrogantes del mundo actual.

No debemos quejarnos tanto si no trabajar más y pedirle al Señor de la Obra que nos de fortaleza y visión para ser parte de Su Reino y de Su Justicia.