Hazte socio de radio solidaria

Más de una vez me sorprendí ante lo que me imagino en mi propia mente. Una de las más frecuentes acciones que se utilizan en el mundo son las motivacionales, que no son otra cosa que impulsar a quienes deben realizar determinadas tareas a que las hagan con un cierto margen de rigor o ampliando la visión, con eficacia.

La existencia de estas acciones demuestran en forma categórica que a la mayoría de las personas hay que motivarlas para que hagan lo que tienen que hacer, con un mínimo de eficiencia.

Curiosamente estos comportamientos también se repiten en las congregaciones, acentuando una vez más la idea, de que cada vez más el mundo está influyendo en la Iglesia de Jesús. Es más que evidente que siendo como somos, discípulos del Hijo del Hombre, no precisaríamos que se nos impulse, que se nos aliente a cumplir con nuestras obligaciones.

Tristemente advertimos que ese impulso motivacional es necesario, porque la indolencia y también la queja, son lugares comunes entre quienes integramos las congregaciones. Hay quienes se consideran superiores a sus responsabilidades y por lo tanto las hacen a menos y cuando se deciden a cumplirlas, lo demuestran con mucha claridad. De esta manera podemos comprobar que quién trabaja por obligación se queja por convicción.

No se tiene en cuenta que quién trabaja no está realizando una determinada tarea, sino que está sirviendo. Y cada vez que la cumplimos honramos al Señor. Por eso es que resulta tan importante y tan agradable poder ver a muchos hermanos y hermanas, que no se sienten degradados por ningún trabajo que les sea encomendado y por el contrario los realizan con alegría. Esta diferencia en la disposición, marca también niveles en el mundo y también lo hacen en la Iglesia.

De qué sirve la obra de unas manos que están condicionadas por la queja? De qué sirve el esfuerzo que se considera sacrificio?

Estas preguntas son las que nos debemos hacer cuando declaramos con nuestra boca, que estamos dispuestos a servir y no a ser servidos, tal y como lo enseñó Jesús. El Eterno no nos demanda sacrificios. Demanda nuestro corazón.