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En 1952 John Cage visitó la cámara anecoica de la Universidad de Harvard con la intención de experimentar el silencio absoluto.

En 1952 John Cage visitó la cámara anecoica de la Universidad de Harvard con la intención de experimentar el silencio absoluto. Cuando salió de ella, el técnico encargado le preguntó acerca de sus sensaciones. Cage le comentó que había escuchado dos sonidos: uno agudo y otro grave.

El técnico le informó: el sonido agudo es el sistema nervioso; el grave, la circulación de la sangre. Y la conclusión que extrajo Cage marcó toda su carrera musical: el silencio absoluto no existe –al menos mientras vivamos–.

Esta conocida anécdota viene al caso de una de las propuestas más poéticas y marcianas que ofrece el actual mundo de la cultura: la ciudad italiana de Cremona ha decidido guardar un riguroso silencio mientras se realizan las grabaciones de piezas musicales interpretadas con cuatro de los Stradivarius propiedad de su Museo del Vio»Stradivarius Data Sound», que pretende generar un fondo sonoro con los tonos más exactos y puros emitidos por los instrumentos musicales construidos por el maestro artesano de los siglos XVII y XVIII. Para tal fin, el alcalde de la localidad, Gianluca Galimberti, ha solicitado a los vecinos de las calles adyacentes al auditorio en el que se realizan las grabaciones que eliminen cualquier elemento de contaminación acústica.

Así, las vías más próximas han sido acordonadas para evitar el tráfico; ninguna piedra puede ser removida de su lugar; el aire acondicionado y los ascensores del edificio han sido desconectados; e, incluso, las bombillas de la instalación han sido retiradas para impedir el más leve zumbido.

En estos tiempos en los que tanto se habla de la cultura de la participación, el pretendido silencio absoluto de Cremona aparece como uno de los ejemplos más extremos y emocionantes.

En realidad, lo que el alcalde de esta localidad ha propuesto es una performance colectiva en la que toda la ciudadanía desempeña un papel activo. Y este papel activo, paradójicamente, consiste en callar, en no hacer nada, en generar un contexto lo más parecido posible a esa cámara anecoica en la que se introdujo Cage. En sí mismo, el propósito de esta movilización perturba por su utopía: si Theo Angelopoulos narró en «La mirada de Ulises» la búsqueda de una imagen original y no contaminada, los habitantes de Cremona, en contra del escepticismo y el desencanto globales, se afanan por recuperar el primer sonido de un Stradivarius.

¿Lo conseguirán? ¿Es posible que una comunidad entera desande tres siglos de civilización y contaminación acústica y reproduzca unas condiciones de silencio imposibles de concebir hoy? Sea cual fuere el resultado, el fracaso ya habrá sido un éxito.