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Fe y esperanza deberían ser como el hálito de la cultura donde pasamos nuestros días. Sin fe, ni siquiera en uno mismo, la desilusión se reproduce por todos lados y el pesimismo es el pan cotidiano.

El primer pensamiento errado que encontramos en muchas personas es: un suicida, al tomar el poder de Dios en sus propias manos, comete un pecado que lo lleva al infierno. Pero no encontramos ni un pasaje bíblico que afirme claramente esta conclusión. El silencio de la Biblia es justamente para que los vivos no le usurpemos el poder de juzgar a Dios el hecho del suicido, enviando nosotros a las personas a la salvación o a la condenación.