Los cristianos solemos conocer bien las bienaventuranzas; con ellas comienza el conocido «sermón de la montaña» o discurso del monte, que iremos leyendo en los próximos domingos (Mateo, capítulos 5 al 7). Las bienaventuranzas forman un poema, un canto de esperanza ante un mundo que está mal, que está necesitado de una renovación.

Jesús anuncia que ha llegado Dios, que ha llegado su Reino, y que viene para ponerle remedio al mundo que el egoísmo ha estropeado.

Las bienaventuranzas suponen un cambio radical del mundo, lo ponen patas arriba, afirman que los infelices son felices, que Dios mismo los va a hacer felices.