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Jesús fue fiel a la misión que el Padre le había confiado y poco antes de partir de este mundo, el Señor Jesús les entregó la misma antorcha a Sus discípulos diciéndoles: “…Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:21b-22).

Dios, a los que hemos creído en Él, nos ve como Sus mensajeros y a través del Espíritu Santo tenemos la gracia y la sabiduría para hacerlo correctamente.

El más grande motivador es el Espíritu Santo y Él nos quiere usar para que llevemos esperanza a muchos que están en completa confusión. “Pero yo os alentaría con mis palabras, Y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor” (Job 16:5). Job tenía muy claro que ni la crítica, ni el juzgar o condenar a otros les ayudaría en nada; pues en el momento de su aflicción solo escuchó reproches de los labios de sus amigos, a quienes él mismo recriminó diciendo: “Porque ciertamente vosotros sois fraguadores de mentira; Sois todos vosotros médicos nulos. Ojalá callarais por completo, porque esto os fuera sabiduría” (Job 13:4-5).

Detrás de un mal comportamiento hay un pensamiento negativo. Muchos están batallando con la culpabilidad, el temor, la depresión, la soledad, la tristeza, un sentir de inferioridad, etc. Debemos proponernos que cada una de nuestras palabras sea como un bálsamo para el alma afligida. Salomón dijo: “Los labios del justo apacientan a muchos…” (Proverbios 10:21).

Pablo entregó todo por ayudar a sus discípulos a depender más de Dios: “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos” (2 Corintios 12:15).