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Necesitamos tener sed por la presencia de Dios. Existen muchas ocasiones en nuestras vidas en que empezamos a ceder, en que nos empezamos a desanimar, en que la llama de la pasión que ardía en nosotros parece apagarse más y más; ya no oramos con frecuencia, decimos constantemente la infaltable excusa “es que no tengo tiempo”, dejamos relegado el servicio a Dios y nos ocupamos de cosas vanas, olvidando quién es el que nos ha salvado y nos ha guiado por camino de bendición y de vida.

Nosotros somos muy propicios a juzgar a los israelitas por su ingratitud frente a Dios pero no nos damos cuenta que no somos tan diferentes a ellos. Se dice que aquél que no conozca la historia está condenado a repetirla, no repitamos la historia de un pueblo que, teniendo la maravillosa oportunidad de tener la palabra de Dios por profetas, que pudieron ver la grandeza de Dios, que eran escuchados por Dios cuando necesitaban libertad y salvación; decidieron olvidarse de Él y sufrieron consecuencias funestas por su decisión.

La gratitud hace referencia a recordar. En el Salmo se ven referencias a esto en los versículos 4 y 6. Es necesario recordar y tener presente en nuestras mentes las obras que Dios ha hecho en nosotros para alabarlo y tener fortaleza y seguridad en todo momento; el día que lo olvidemos, estaremos renunciando a vivir.

No podemos olvidar, no podemos olvidar todas las cosas maravillosas que hemos visto, que hemos oído, que hemos vivido; no podemos olvidar la magnífica salvación que tenemos ni la esperanza que nos da aliento para levantarnos cada mañana.

No puedes desanimarte, no puedes darte por vencido, no cuando hay algo tan grande adelante. Sé muy bien que existen muchas cosas que nos quieren alejar de la verdad: Los pensamientos, palabras hirientes de alguna persona, darse cuenta que una persona no es quien dice ser, etc. Tengan presente que nuestra lucha no es contra personas sino contra entes espirituales que buscan desanimarnos y apagar el fuego que hay en nosotros.

En el Antiguo Testamento, se explica que era una orden de Dios que la lámpara del Templo no se podía apagar y tenía que ser avivada por el sacerdote constantemente. Nosotros somos el templo de Dios y no podemos dejar que la Lámpara del Espíritu Santo se apague. En Apocalipsis Jesús le dice a una de las iglesias “He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.” Apocalipsis 3:11. Retengamos la fe, retengamos el primer amor, retengamos la esperanza a la cual fuimos llamados, que NADIE robe nuestra corona.

Devocional presentado por Izaskun Zárraga.