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La Biblia enseña claramente que ninguno de nosotros puede mejorar nuestra naturaleza caída. Por nosotros mismos, con nuestras fuerzas y a partir de nosotros, no podemos agradar a Dios. Por mucho que oremos, por muchas obras buenas que hagamos, no podemos llegar a ser aceptables a los ojos de Dios.

La persona natural puede ser culta, capaz, educada, refinada y—según el desarrollo de sus dones naturales—un magnífico espécimen humano. Pero la persona natural es, según la Palabra de Dios, totalmente incapaz de conocer o comprender las cosas de Dios. Hay solo una cosa que los hombres y las mujeres naturales pueden hacer: arrepentirse de sus pecados y aceptar por fe a Jesucristo.

Segundo, hay un grupo llamado los cristianos carnales. El apóstol Pablo dice en 1 Corintios 3:1: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo” (RV60). Los cristianos carnales son personas que continuamente contristan al Espíritu Santo con su carácter, su susceptibilidad, su irritabilidad, su falta de oración o su amor a sí mismos. Estas son señales de carnalidad, de una condición de “niños en Cristo”. Estas personas viven una vida mundana.

Tercero, están los cristianos espirituales. La persona en la que mora el Espíritu Santo, dice la Palabra de Dios, entiende la verdad espiritual. Los hombres o mujeres espirituales quizá no tengan estudios universitarios, pero pueden saber más de Dios que un profesor no regenerado o un líder teológico no santificado ni consagrado. Para el cristiano espiritual se abre todo un espectro de conocimiento espiritual del que este mundo no sabe nada y del que el cristiano mundano solo puede tener una muy vaga idea.

La pregunta que se nos plantea es: ¿cómo puede el cristiano carnal convertirse en un cristiano espiritual?

Quizá hubo algún tiempo en que usted era un cristiano espiritual. Aún conservaba su primer amor; su corazón ardía de amor por Dios. Pero algo sucedió en el camino; algo ha perturbado su relación con Dios, y usted ya no tiene el gozo, la paz y el entusiasmo que alguna vez tuvo. No se toma el tiempo para leer la Biblia. Sus tiempos de oración son escasos. Su interés en las cosas espirituales se ha desvanecido, y sin embargo, siente una gran hambre de Dios, un ansia de su alma por el gozo y la victoria que ha visto en las vidas de otros. Usted quiere tener ese gozo en su alma, tener esa emoción en su corazón. Quiere volver a conocer el poder de la oración.

La Biblia enseña que podemos tener una gloriosa victoria diaria. La Biblia dice: “Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia” (Romanos 6:14). Pablo escribió en Romanos 7:24: ¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?”. Y luego responde su propia pregunta: “¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!” (Romanos 7:25).