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La pandemia del coronavirus es una advertencia para la humanidad. Un recordatorio de que, a pesar de todos nuestros avances tecnológicos, la humanidad sigue siendo vulnerable a las catástrofes que sacuden el mundo.

Muchos se han empeñado en considerar 2020 como un momento sin precedentes, pero la verdad es precisamente lo contrario. Llevamos mucho tiempo siendo vulnerables a pandemias devastadoras. La peste negra de 1346-1353 acabó con a una décima parte de la población mundial, incluido un tercio de la población de Europa.

La introducción de enfermedades europeas en América quizá matara hasta el 90% de los habitantes autóctonos, de nuevo una décima parte de la población mundial. Y hace apenas cien años, la gripe de 1918 (la primera pandemia verdaderamente mundial) mató a una de cada 30 personas de todo el planeta. El hecho verdaderamente sin precedentes habría sido que nuestra vulnerabilidad hubiera terminado. La actual catástrofe sólo es un momento de una tendencia de muy larga duración.

La actual catástrofe sólo es un momento de una tendencia de muy larga duración

Sin embargo, hay un sentido en el que nuestro tiempo carece de precedentes. Con el desarrollo en el siglo XX de las armas nucleares, la acumulación de poder por parte de la humanidad llegó al punto en el que podíamos causar catástrofes a la mayor escala posible: la destrucción de nuestra propia especie, y con ello, de todo lo que habríamos logrado o de todo aquello en lo que podríamos convertirnos. Como todas las especies, siempre hemos sido vulnerables a un pequeño trasfondo de riesgos de extinción natural, pero en ese momento se vieron superados por los riesgos de creación propia.

Al riesgo existencial de la guerra nuclear no tardó en unirse el del cambio climático extremo, y el presente siglo traerá riesgos aún mayores de la biotecnología avanzada y la inteligencia artificial. ¿Nos daremos cuenta a tiempo de esos riesgos y tomaremos las medidas necesarias para controlarlos o seguiremos centrándonos en otras cosas hasta que los riesgos nos alcancen? Ésta será la pregunta fundamental de nuestra época y quizá de toda la historia humana.

Sin duda aprenderemos lecciones de la Covid-19 y mejoraremos nuestras defensas contra pandemias similares

Uno de los mayores desafíos en la gestión de los riesgos existenciales es que tenemos que sobrevivir a nuestro futuro sin ser nunca víctimas de ellos. En caso de que ocurra una catástrofe existencial, será demasiado tarde para aprender lección alguna. Por lo tanto, tenemos que extraer todas las lecciones posibles de las advertencias que recibimos: de las cuasicolisiones, como la crisis de los misiles de Cuba en 1962, y de las catástrofes que fueron graves, pero sobrevivibles, como las pandemias de 1346, 1918 y 2020.

Sin duda aprenderemos lecciones de la Covid-19 y mejoraremos nuestras defensas contra pandemias similares. Y 2021 será nuestra mejor oportunidad para hacerlo, cuando nos hayamos recuperado lo suficiente para poder levantar la vista hacia el futuro, pero sintiendo todavía el dolor del impacto del pasado. Sin embargo, me temo que, sin un gran esfuerzo, sólo aprenderemos las lecciones restringidas (las que ayudarían a prevenir una repetición del año 2020) y no lograremos abordar la amenaza cada vez más importante de las pandemias diseñadas o el conjunto de otros riesgos existenciales a los que nos enfrentamos.

Nos encontramos ante una rara oportunidad para cambiar de rumbo, porque no pasará mucho tiempo antes de que comiencen a desvanecerse los anticuerpos societarios de una pandemia como la actual, única en un siglo. Y es una oportunidad que deberíamos aprovechar al máximo.