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A pesar de las pruebas, Jacob veía que Dios estaba con él, tal como había prometido. Labán también se daba cuenta de ello, pues los pocos animales que tenía cuando llegó su sobrino se multiplicaron bajo el cuidado de este.

Renuente a dejarlo ir, Labán le ofreció pagarle lo que quisiera a fin de que siguiera trabajando para él, y Jacob pidió los animales de coloraciones anormales que les nacieran a los rebaños de Labán. Se dice que en aquella región las ovejas por lo general eran de color blanco, y las cabras, de color negro o marrón oscuro; solo una minoría era de varios colores. Pensando que le convenía,

Labán aceptó enseguida dicho acuerdo y se puso a apartar a cierta distancia todos sus animales con manchas anormales para que no se mezclaran con los rebaños que quedaban a cargo de Jacob. Obviamente creía que Jacob no se beneficiaría mucho de este trato; de seguro no recibiría el salario habitual de los pastores de la antigüedad, a saber, el 20% de los cabritos y corderitos recién nacidos. Pero Labán se equivocó, pues Jehová estaba con Jacob (Génesis 30:25-36).

Bajo la guía divina, Jacob crió animales robustos del color deseado (Génesis 30:37-42). Aunque sus ideas sobre ganadería no eran válidas, “científicamente, los resultados requeridos podían lograrse con el cruce sucesivo de [...] los animales de un solo color que poseían genes recesivos causantes de las manchas”, explica el erudito Nahum Sarna, y “se pueden detectar tales animales por [...] [su] vigor híbrido”.

Al ver los resultados, Labán intentó cambiar el acuerdo respecto a qué animales le pertenecían a su sobrino: unas veces decía que los rayados, otras que los manchados y otras que los moteados. Procuraba lucrarse; pero sin importar cómo Labán cambiara el contrato, Jehová se encargaba de que Jacob siempre prosperara. Labán solo podía rechinar los dientes de rabia.

Jacob pronto acumuló grandes riquezas, rebaños, sirvientes, camellos y asnos, pero no gracias a su propio ingenio, sino al apoyo de Jehová. Más tarde explicó a Raquel y a Lea: “Su padre se ha burlado de mí y ha cambiado mi salario diez veces, pero Dios no le ha permitido hacerme daño. [...] Dios siguió quitando la manada de su padre y dándomela a mí”. Jehová también le aseguró a Jacob que Él veía todo lo que hacía Labán y que no se preocupara. “Vuélvete a tu tierra y a tus parientes —le dijo— y yo ciertamente te trataré bien.” (Génesis 31:1-13; 32:9.)