Evangelización y campañas evangelísticas.

Por obediencia entendemos “la capacidad de cumplir órdenes justas provenientes de la autoridad” y no sólo cumplir “la voluntad de quien manda”, es posible definir con cierta claridad la desobediencia en niños y adolescentes cómo: “el incumplimiento consciente de órdenes justas provenientes de los padres o de los maestros”.

La autoridad en padres y maestros, para que pueda ser ejercida, antes debe ser ganada, es decir debe merecerse. Y aunque parezca imposible hoy día, no todos los padres ni todos los maestros merecen autoridad porque no todos tratan con el amor y respeto debido a sus hijos y alumnos. Ni todas las normas son justas.

Antes pues de atribuir a los hijos una conducta desobediente los padres deben primero preguntarse sí se han ganado la autoridad y segundo si la norma dada a cumplir tiene sentido justo.

Por ejemplo durante la primera infancia hay padres que buscan entrenar a sus hijos en la obediencia cómo si fuesen animales de compañía y gritan en el parque cuando el niño 3-6 años está en pleno juego con sus compañeros: “Ven aquí, ahora mismo”, esperando –normalmente en vano- que el niño acuda de inmediato. El niño tarda. Y el papá se enfada después “porque ha sido desobediente”. Quizá si la voz hubiera sido: “Juan tengo prisa, por favor termina rápido de jugar y despídete de tus amigos, que nos tenemos que ir”, la vuelta de Juan fuese más rápida.

Durante la adolescencia la exigencia de obediencia por parte de los padres debe ser aún más ponderada para procurar que la norma se cumpla. Es decir los padres deben ganar en autoridad al procurar que la norma sea justa y actualizada. No es justo hoy pedir a los adolescentes que no oigan música jamás, no lleven nunca zapatillas de deporte o no vistan vaqueros. Sí se les puede pedir razonablemente que no oigan música mientras se almuerza en familia y que no calcen deportivas o vistan vaqueros el día de la boda de su hermana.