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Necesitamos ser diligentes y perseverantes en todo lo que Dios nos ha ordenado hacer. Se trata de dar todo de nosotros mismos. Necesitamos esforzarnos hasta donde podamos, hasta nuestros límites; del resto, Dios se encargará.

Aunque ante los ojos de los demás seamos los cristianos perfectos y hagamos todo bien, no es suficiente. Dios conoce nuestro corazón, Él sabe las intenciones que tenemos y si hacemos algo cuando nadie nos ve, no podemos ocultárselo a Él. Y habrá consecuencias para nuestros actos, ya sean buenos o malos.