Nada hay más importante que saber que el mensaje ha sido inspirado por Dios. Puede que pocas cosas sean más peligrosas para un predicador, que recibir el halago de los miembros de la congregación tras dejar su mensaje.

Esta reflexión tiene su fundamento en la necesidad de preservar el corazón de quién predica y también en la necesidad de cada creyente de ser prudente. Si pienso que en cada predicación el protagonismo es del Espíritu Santo, resulta más fácil admitir que haya hermanos que se manifiesten a favor de las palabras recibidas.

No es menos cierto que esas manifestaciones pueden afectar emocionalmente a quién predicó, porque pueden llevarlo se sentirse más importante que el mensaje. Como norma pertenezco al grupo de predicadores, que entendemos que el mejor reconocimiento a un mensaje, es el de atribuir su inspiración al Espíritu Santo.

Esto es lo fundamental, tanto para quién habla como para quién escucha. Nada hay más importante que saber que el mensaje ha sido inspirado, teniendo al mensajero como a un instrumento apropiado.