Jesús tomaba la iniciativa y se acercaba a la gente, no para “predicarles” sermones cargados de efectismo y manipulación. Sólo iba con la intención de hacerles el bien. Les mostraba simpatía, nunca condena ni juicio. Luego, atendía sus necesidades, sin esperar nada a cambio o sin exigir que las personas hicieran algo por Él como respuesta a lo que él hacía. Cuando ya se había ganado su confianza, recién los invitaba a seguirlo.

Muchos cristianos que viven en su zona de confort y que prefieren aislarse entre las cuatro paredes de la iglesia, viven hablando del amor de Dios sin llevar alivio a quienes sufren. Se conforman con meter la mano al bolsillo y sacar una moneda para que otro haga el trabajo de alimentar al necesitado o ayudar a quien lo necesita.