Sacrificarse por otro

Escrito por el 15 de marzo de 2022

A muchos antivacunas de hoy en día les gustaría conocer la historia de Jonas Salk. Este médico estadounidense nacido en Nueva York vivía apesadumbrado por las consecuencias en la población de la poliomielitis, una enfermedad de carácter contagioso que afecta al sistema nervioso por la médula espinal y cuyos síntomas son dolor muscular, atrofia y parálisis.

Es mucho más común en los niños, pero cuando se da en adultos se agrava hasta provocar una muerte lenta y dolorosa. El propio expresidente Franklin D. Roosevelt falleció por esta enfermedad. A comienzos de la década de 1950 se convirtió en el mayor problema de salud pública para el país; no solo por sus altas tasas de contagios, muertes y efectos secundarios, sino porque los más afectados eran los menores, algo que afortunadamente no ha ocurrido con el coronavirus.

La Escuela de Medicina de la Universidad de Pittsburgh reunió en 1947 a un grupo de científicos comandados por Salk para dar con una vacuna. Tras muchas noches sin dormir, llegó el momento de probarla. “Esterilizó el equipo en una estufa, nos alineó a todos y nos administró una inyección de su vacuna experimental”. Estas son las palabras dePeter Salk, hijo de Jonas, quien ahora es un importante médico experto en enfermedades infecciosas al frente del Instituto Salk de Estudios Biológicos en La Jolla, California, siguiendo los pasos de su padre. Como cualquier crío de su edad, odiaba todo lo que tenía que ver con las inyecciones.

“No hay patente. ¿Acaso se puede patentar el Sol?”, declaró Salk tras renunciar a enriquecerse de su importante descubrimiento

“Fue una de las peores experiencias de mi vida”, rememora Peter ahora, tantos años después, en una reciente entrevista para ‘Mel Magazine’. Sin embargo, gracias a ese sacrificio, su progenitor se convirtió en un héroe al salvar tantas vidas durante los años posteriores. Además, lo más curioso es que Jonas se negó a patentar la vacuna, lo cual le hubiera hecho millonario. Al fin y al cabo, nada era tan apremiante como detener a la enfermedad infecciosa. En un programa de televisión, años después, cuando le preguntaron por qué rechazó patentar la vacuna, respondió con una frase elocuente que quedaría enmarcada para la historia:”No hay patente. ¿Acaso se puede patentar el Sol?”

El caso de Salk no es el único. Antes de que existieran los ensayos clínicos a gran escala, los científicos muchas veces se llevaban el trabajo a casa, de manera literal: los nuevos medicamentos o las vacunas debían ser probadas, en muchos casos, en su propio cuerpo o en el de sus familiares. De hecho, muchos tratamientos médicos que ahora resultan altamente efectivos, como la anestesia espinal, fueron descubiertos gracias a la autoexperimentación. No todos salieron bien, evidentemente, pero si no llega a ser por el coraje y valentía de ciertos médicos que arriesgaron su salud en nombre de la de los demás, la medicina seguiría en pañales. Hoy vamos a hacer un repaso a casos similares a los de Salk para poner en valor el heroísmo de algunos nombres olvidados o poco reconocidos que sentaron las bases de muchos de los tratamientos que hoy salvan vidas a diario.

El pene de John Hunter

Si atendemos al cuadro que ilustra a John Hunter, realizado por John Jackson en 1813, décadas después de su fallecimiento, fácilmente pensaremos en él como uno de los primeros ilustrados ingleses, pluma en mano y mirada hacia el cielo. Lo cierto es que lo que más le interesaba no estaba arriba, sino en su propio cuerpo; fue uno de los primeros en mirar el cuerpo humano como si se tratara de una máquina compleja e hiperevolucionada que, a veces, se estropeaba. Y por ello estudió sin cesar anatomía, para desentrañar las claves de lo que luego sería la cirugía moderna y poder curar a sus pacientes bisturí en mano.

Eso sí, era bastante peculiar. Coleccionaba cientos de animales y se dice que acudía a las morgues para llevarse cadáveres con los que estudiar los órganos del cuerpo humano. En 1776 fue nombrado cirujano del rey Jorge III tras haber pasado unos años desempeñando estas labores en el Hospital St. George. Una de las mayores preocupaciones en la época era contraer enfermedades de transmisión sexual (ETS), ya que los profilácticos todavía no se habían inventado y en las grandes ciudades europeas, de reciente fundación, empezaba a abundar el trabajo sexual. En aquel siglo, todavía no había un campo científico sólido sobre este tipo de problemas, de ahí que también la prostitución estuviera tan mal vista al ser el mayor factor de riesgo para sufrir estas afecciones.

Cincuenta años después de la muerte de Hunter, el médico francés Philippe Ricord consiguió diferenciar la sífilis de la gonorrea

No había una conciencia sobre cómo evitar los riesgos de contraer la sífilis (quizás la más común) o diferenciar la sintomatología relativa a cada una de ellas. Pero Hunter tenía la teoría de que había una nueva enfermedad llamada gonorrea, que se manifestaba como fase temprana a la sífilis, pudiendo tratarse de manera prematura para así evitar recaer en la otra, de carácter mortal. Lo que se le ocurrió resultó ser de lo más esperpéntico y asqueroso: distinguió a pacientes que creía que tenían gonorrea de los de sífilis, según su propio juicio, y luego experimentó con el que creía que tenía la primera poniendo sus fluidos (pus) en cortes autoinfligidos en su pene para poder observar cómo la enfermedad seguía su curso en sus propias carnes, como relata “Healthline”.

¿El resultado? Contrajo las dos enfermedades, lo que le sumió en un doloroso padecimiento físico que solo pudo paliar con vapor de mercurio y cortando las llagas que estaban infectadas. Esto ayudó a médicos investigadores del futuro a saber tratar mejor las enfermedades de transmisión sexual, pero no hizo distinguir entre una y otra. No fue hasta 50 años después cuando el médico francés Philippe Ricord consiguió establecer una serie de pruebas que separaban la sífilis de la gonorrea.

Las bacterias intestinales de Barry Marshall

Barry Marshall y su mentor, John Robin Warren, tenían la teoría de que las úlceras estomacales eran en su mayoría causadas por una bacteria y que esta podía curarse con antibióticos. Era 1985 y había varios trabajos de investigación que ya defendían que la causante de estos males intestinales era la Helicobacter pylori, pero ninguno de ellos había encontrado una prueba suficiente como para confirmar la hipótesis. Hasta entonces, se pensaba que las úlceras eran causadas exclusivamente por una mala alimentación, de ahí que se trataran principalmente con antiácidos. Entonces, el joven médico decidió tomar una solución en agua con dicha bacteria para ver si de verdad podía sobrevivir al ácido del estómago, como se dudaba de que ocurriera en los principales ‘papers’ de medicina del momento.


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