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Editorial del programa "La verdad de sol a sol" con Luis Ortiz.

Es muy importante tener claros los mandamientos de Jesucristo a sus discípulos y a todos nosotros. Un mandamiento claro y que resume su ministerio en este mundo y su misterio divino del amor. En estos versículos con los que empezamos Jesús se está despidiendo de ellos. Los ha querido apasionadamente. Los ha amado con el mismo amor con que lo ha amado el Padre pero ahora los tiene que dejar y conoce su egoísmo. No saben quererse. Están a menudo discutiendo entre sí por obtener los primeros puestos. Y el Maestro se pregunta ¿Qué será de ellos?

Esta preocupación lleva a que esas palabras de Jesús adquieran un tono solemne pues quiere que queden bien grabadas en todos: "Éste es mi mandato: que os améis unos a otros como yo os he amado". Jesús no quiere que su estilo de amar se pierda entre los suyos. Si un día lo olvidan, nadie los podrá reconocer como discípulos suyos. Esa debe ser su etiqueta: el Amor.

Y es que de Jesús a lo largo de su ministerio y entre todos los que lo conocieron quedó un recuerdo imborrable. Un recuerdo que se comunicó en las primeras generaciones que resumían así su vida: "Pasó por todas partes haciendo el bien". Era bueno encontrarse con él. Buscaba siempre el bien de las personas. Ayudaba a vivir. Su vida fue una Buena Noticia. Se podía descubrir en él la cercanía buena de Dios. Estos son algunos de los recuerdos que tenían los que le conocieron.

Jesús tiene un estilo de amar inconfundible y se le ve siempre muy sensible al sufrimiento de la gente. No puede pasar de largo ante quien está sufriendo. Vemos en un pasaje cómo al entrar un día en la pequeña aldea de Naín, se encuentra con un entierro: una viuda se dirige a dar tierra a su hijo único. A Jesús le sale desde dentro su amor hacia aquella desconocida: "Mujer, no llores". Quien ama como Jesús, vive aliviando el sufrimiento y secando lágrimas. Y eso que algunos religiosos de corazón endurecido niegan la posibilidad del sentimiento tratando de denigrarlo como sentimentalismo humanista y olvidando una verdad irrefutable: “Jesús Lloró”.

Los evangelios nos recuerdan en diversas ocasiones cómo Jesús encontraba con su mirada el sufrimiento de la gente. Los miraba y se conmovía: los veía sufriendo, o abatidos o como ovejas sin pastor. De inmediato, se ponía a curar a los más enfermos o a alimentarlos con sus palabras. Porque, quien ama como Jesús, aprende a mirar los rostros de las personas con compasión.

Nos debería admirar y servir de ejemplo la disponibilidad de Jesús para hacer el bien. El no piensa en sí mismo y está siempre atento a cualquier llamada, dispuesto a hacer lo que pueda. Recordemos a un mendigo ciego que le pide compasión mientras va de camino y lo acoge con estas palabras: "¿Qué quieres que haga por ti?". Con esta actitud anda por la vida quien ama como Jesús nos ama, quien cumple los mandamientos, quien busca la santidad en el servicio, la entrega y el amor a los demás. No es un humanismo sentimentaloide si no la más clara y alta versión del verdadero discípulo que busca vivir como El Maestro, ser como El fue, vivir cómo El vivió…esa debería ser nuestra única meta.

Debemos aprende de Jesús a estar junto a los más débiles, los más necesitados. No tiene que hacer falta que nos lo pidan, debemos salir a los caminos a buscarlos, estar pendientes de los próximos y de los alejados. Tenemos que hacer todo lo que esté a nuestro alcance por sanar sus dolencias, por cubrir sus carencias, liberar sus conciencias y contagiar confianza en Dios. Nosotros no podremos solucionar los problemas del mundo porque somos incapaces, incluso, de solucionar los nuestros pero para El nada hay imposible y la sola confianza en que Su Amor nos cubre debe servirnos de consuelo y de acicate para seguir adelante haciendo el bien y buscando la santidad en cada momento de nuestro peregrinar por esta vida.

Vemos en los evangelios como Jesucristo se dedica a hacer gestos de bondad: abraza a los niños de la calle: no quiere que nadie se sienta huérfano; bendice a los enfermos: no quiere que se sientan olvidados por Dios; acaricia la piel de los leprosos: no quiere que se vean excluidos. Así son los gestos de quien ama como Jesús. Así debe ser el ministerio humanista cristiano.