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Editorial del programa "La verdad de sol a sol" con Luis Ortiz.

Jesús de Nazaret puso como centro de sus predicaciones y su testimonio la presentación y extensión del Reino de Dios. De hecho, es lo que más impactó a sus seguidores y lo que marcó la novedad de su mensaje, especialmente orientado hacia los más necesitados, a los que más sufrían, a los cansados y olvidados.

Hoy en día deberíamos darnos cuenta de que no podemos ser cristianos sin asimilar el estado de cosas que nos rodean y los consecuentes procesos de deshumanización que conforman la realidad social, política, económica y espiritual en la que vivimos, tanto en nuestros contextos más cercanos, como en los más amplios y globales. Esos temas que deberían escandalizarnos y, sin embargo, dejamos que se asienten en nuestras vidas como inevitables.

Podemos preguntarnos cómo, desde la fe, podemos vivir esta realidad, y la respuesta nos debe llevar siempre a una reflexión honrada de lo que hacemos. Entre tantas preguntas podemos citar algunas: ¿Idolatro o idealizo a cierta persona, a un modelo económico, a una ideología política? ¿Tengo como centro de mi vida al dinero y su continua producción? ¿Soy pasivo frente al drama de tantas personas, estén cercanas o lejanas? ¿Cómo entiendo la presencia del otro en mi vida? ¿Es el otro alguien a quien uso y juzgo? ¿O, quizás, es un hermano a quien debo atraer y hacer próximo a mí? Tenemos que encontrar en nosotros mismos las respuestas a estos interrogantes.

A pesar de leer los evangelios y escuchar a teólogos y estudiosos con mucha preparación lo cierto es que conocemos muy poco el estilo de vida de Jesús, sus palabras y gestos cotidianos. En ocasiones se nos ha enseñado a un Dios que no es Padre único, bueno y compasivo, por lo que caemos en la tentación de trasladar esta relación incondicional a personas a las que públicamente se les manifiesta una adhesión absoluta. Ya sean líderes religiosos o políticos tendemos a afianzar nuestras vidas en figuras que nada tienen de ideal.

Lo que es más triste aún, no se enseña a tener una relación personal e íntima con Dios, que no sea intermediada. Estas y tantas otras ideas erróneas que tenemos y que afectan el modo de vivir nuestra fe, nacen de un hecho triste, aunque real: la mayoría de los cristianos no leen los Evangelios, sino que se quedan con lo que se les explica acerca de ellos. Debemos, pues, ser honestos y revisar el modo como hemos recibido la fe y reconocer que nos toca la complicada tarea de redescubrir la vida y las palabras de Jesús, tan mal interpretadas por autoridades religiosas y tan manipuladas por líderes políticos.

Tomemos como ejemplo lo que el mismo Jesús encontró en su contexto diario y cómo lo fue entendiendo. En el siglo I, la cultura política judía practicada por Herodes el Grande se caracterizó por la sumisión absoluta al César, produciendo una verdadera idolatría al depositar en una sola persona el poder absoluto al que se debía servir. Los profetas lo criticaron y distintos movimientos religiosos lo rechazaron, por considerar que estaba traicionando la soberanía del Dios vivo y verdadero, Yahveh, vendiéndose a los romanos para así mantenerse en el mando.

Jesús mismo le recordó a sus discípulos que los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores. Pero no así entre ustedes, sino que el mayor sea como el más joven, y el que gobierna como el que sirve. Colaboracionismo, sumisión, ofrendas materiales: todas estas formas de relacionarse no representan el deseo más querido por el Dios de Jesús para sus hijos, porque deshumanizan y convierten al ser humano en súbdito y objeto de otro y ese no es el Reino de Dios que nos acerca Jesús pues en éste reina la justicia y la paz.

Si el Reino de César no es querido por Dios, ¿cómo entiende Jesús el Reino de Dios? ¿Qué implicaciones tiene este pensamiento para nuestras vidas? No se trata de un estado privado de vida espiritual o de cosas materiales, como pueden ofrecer las instituciones políticas y religiosas. El Reino de Dios es un estado de relaciones, es decir, un modo fraternal de estar solidariamente cada uno respecto de los demás, sin imposiciones ni violencias, y un modo de tratar a Dios con confianza e intimidad como el único absoluto en nuestras vidas.

Así, relaciones como la solidaridad, la compasión, el servicio, la sanación de corazones aún no reconciliados, el dar de comer al hambriento y apostar por las víctimas, entre otras, son relaciones que expresan acciones proféticas de resistencia a los regímenes políticos autoritarios y recrean los imaginarios religiosos individualistas. Estas son acciones que dan sentido y esperanza al abatido y cansado de luchar por un mundo mejor, a la vez que alivian el corazón y el dolor de los que han sido olvidados y abandonados en nuestra sociedad. El Reino es indicativo del modo de estar presente en el mundo según lo quiere Dios para todos, y no para unos pocos pertenecientes a un partido político o a una religión.

No estamos ante una utopía política, ni ante la búsqueda del hombre nuevo pero, cuidado, porque tampoco se trata de una religión. Eso llevaría a nuevas formas de idolatría. Para evitar todo esto, Jesús le asignó un nombre a Dios: él es el Padre, el único al que nos podemos adherir en una relación absoluta. Él es el Dios del Reino. Un reino sin rey, pero con un Padre bueno y compasivo, del cual todos somos sus hijos por igual.

Esto libera al hombre de toda veneración por los poderes despóticos e idólatras en cualquier ámbito, sea político o religioso. Desde esta noción central para Jesús, la del Reino, se entiende que el verdadero llamado que él hace, y nos lo hace a todos por igual, es el de constituirnos en hermanos los unos de los otros y, especialmente, de todos aquellos distintos a nosotros, que aún no encuentran cabida en nuestros espacios y corazones. Sólo en esa fraternidad universal se encuentra el camino hacia la propia humanización, que no es otro que el camino hacia el Reino.