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La gracia de Dios es un atributo, un don especial de Dios que nos da, no es algo que se pueda comprar o regalar, es un regalo inmerecido departe de Dios para sus hijos. Él lo da porque Él quiere darlo a quien le plazca. Cuando decimos gracias nos recordamos de la gratuidad, lo grato, lo agradable que provoca acción de gracias. Recuérdese que el texto ha ido hilvanando esta idea de suplir a los que más necesitan y en la bendición de compartir. Así es que se puede entender lo abundante que es la gracia de Dios.

Hoy lo hacemos compartiendo esta “fraternura”, como diría nuestro hermano del alma, Hugo Assmann. Es una ocasión llena de fraternidad y ternura. Y hemos de regocijarnos.

En primer lugar, la gracia abunda en lo que compartimos. Por eso es tan agradable este momento de evocación y celebración. Ud. nos comparte la alegría de llegar a estos 90 años de vida y nosotros y nosotras nos unimos gozosos a tan trascendental logro. Nos agrada estar aquí.

En segundo lugar, la gracia abundante produce más gracia. Primero a Dios. Luego a Ud. por tanta bendición compartida con sus hijos e hijas, nietos, biznietos. Y los que nos hemos agregado como hijos adoptivos. Como dijera Juan en su evangelio: “Porque de su plenitud tomamos todos y gracia sobre gracia” (Juan 1.14). La gracia de Dios lo ha dado y lo ha llevado a la plenitud del amor en su gracia. .