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El matrimonio de farmacéuticos que murió por no abandonar a nadie. Siempre estuvieron juntos, y juntos se fueron. Tomás Mijimolle y María del Carmen Cuadrado, farmacéuticos en Leganés (Madrid), de 79 y 82 años, murieron con tres días de diferencia, el 28 y el 31 de marzo. Él no quiso abandonar la farmacia cuando su labor era más importante que nunca, y ella no concibió aislarse de su marido. «¿Qué pasa, esto ya se ha acabado?», preguntó Tomás con sencillez al ver que sus hijas llegaban al hospital a despedirse.

Era un matrimonio incombustible, de sonrisa generosa y trato cálido, que siempre creyó que les darían el alta pese al Covid-19. Porque nada cuadraba. Las placas de tórax de Tomás estaban marcadas por la fatalidad, pero él continuaba llamando por teléfono, levantándose de la cama y haciendo pedidos para la farmacia. Para Mari Carmen, que ingresó en el hospital el día que murió su marido, la pérdida fue tan devastadora como el coronavirus.

Se conocieron cuando cursaban la carrera de Farmacia en Madrid, hace más de 50 años. Él llegaba familiarizado con el oficio, había crecido entre los frascos y medicinas de una botica rural en Vega de Pas (Cantabria). Ella iba para perito agrónomo hasta que su padre confesó que la ilusión de su vida era tener una hija farmacéutica, y ella quiso hacerle feliz. En esos años Mari Carmen y Tomás se hicieron inseparables. Poco después de acabar los estudios vieron en Leganés una oportunidad para abrir su negocio y así lo hicieron. Cada uno instaló uno.

Contrajeron matrimonio unos años más adelante, un mes de enero. Tras tanto tiempo juntos la fecha era lo de menos. «Mi padre, que era muy chistoso, contaba que era como con Jesucristo, que “a los 33 o se casaba o le crucificaban”», recuerdan sus dos hijas, Carmen y Nieves. Su madre siguió siendo la “señorita Mari Carmen”, le sonaba mal aquello de “doña”, aunque ya de mayor presumió con frecuencia de edad y vitalidad. «Y nosotras nos reímos porque aún hoy somos las hijas de la señorita Mari Carmen».

El lema familiar era que «un año sin hacer un curso de formación era un año perdido». El negocio creció, eran farmacias ortopedias, abrieron un laboratorio de análisis, se formaron en óptica, y él fue también vocal nacional de ortopedia en el Colegio Oficial de Farmacéuticos durante más de 20 años.

Ni durante la mili Tomás había perdido el tiempo. Aprovechó su estancia en Sidi Ifni para realizar un estudio sobre la alimentación de los bereberes. Y, en un trabajo que consideraban de servicio público, también decidieron construir una comunidad en torno a ella.

En la mesa de la rebotica, los días que tocaba abrir de guardia invitaban a comer a otros farmacéuticos y a cenar a practicantes y médicos a los que les tocaba trabajar. «Cuando hicieron la reforma del local, toda su preocupación era que hubiera una mesa grande, para que cupieran todos», cuentan sus hijas.

El matrimonio con sus nietos

Cuando la epidemia de coronavirus saltó a Italia, la familia entendió que llegaría a España de forma explosiva. «Nos quedamos pendientes de que el Gobierno informase y, mientras, empezamos a hacer acopio de material de protección para tener durante 40 días para el personal de la farmacia», explican Nieves y Carmen, ambas farmaceúticas. Intentaron convencer a su padre para que dejara de ir a trabajar, ya que pese a la edad solo había concedido descansar los domingos, tras una llamada al orden de su mujer. Pero no hubo forma.

«Dijo que era el titular de una oficina de farmacia y el técnico responsable, que tenía que ir y ser uno más. Dijo que no se perdonaría que uno de los nuestros cayera enfermo y él estuviera en casa». A Mari Carmen, que figuraba como copropietaria de la segunda farmacia, sí consiguieron convencerla, aunque estaba indignada. «Se quejaba de por qué mi padre sí podía ir y no ella».

Farmacias abarrotadas

A principios de marzo empezaron a implantar medidas de seguridad e intentaron avisar a los clientes de que mantuvieran la distancia y no se apoyaran en el mostrador, pero por entonces aún no había tanta concienciación. Y sin ninguna indicación de Sanidad, tampoco sabían cuándo empezar a usar mascarillas. Cuando el Gobierno decretó el estado de alarma se desató el caos en la farmacia, más aún en Leganés, una de las zonas más azotadas en Madrid por la epidemia.

«Fue igual que lo que ocurrió en los supermercados», rememoran las hijas. Fueron días intensos de trabajo, de mucho agotamiento.

El lunes 16, Tomás decidió no ir a trabajar. No se encontraba bien. Tenía mucha mucosidad y cansancio, pero los síntomas parecían cuadrar más con un catarro que con los que se habían indicado para el coronavirus.

Comenzó el tratamiento en casa, en cama pero activo, preocupado de tener cada mañana el ABC y de llamar a los suyos. Su mujer no concebía aislarse preventivamente de su marido: «Qué tontería, ya mañana», repetía cuando la reprendía la familia. El estado de Tomás empezó a agravarse e ingresó en el hospital Quirón de Pozuelo. Tras varios días, en los que parecía mejorar, en apenas cuatro horas cambió su pronóstico. Sus hijas tuvieron la suerte de despedirse. «Sus últimas palabras fueron para sus trabajadoras, que las cuidáramos», recuerdan.

Mari Carmen mostró menos síntomas, hasta el día que murió Tomás. «Ellos eran un todo, siempre estaban juntos», dicen sus hijas. Esa misma jornada la ingresaron en el Monte Príncipe, donde falleció tres días después. Sus hijas no se habían dado cuenta hasta sus muertes de la huella tan grande que habían dejado sus padres en la comunidad. Aunque a nivel familiar, lo han tenido siempre claro. «Eran muy generosos, "muy familieros". Íbamos juntos a todos los lados, y lo seguiremos haciendo».