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El oro marca un nuevo récord del año y se acerca a sus máximos históricos. Era casi tan vieja como el cine, oficio que le dio dos Oscar, y trabajó en medio centenar de películas, algunas de ellas tan famosas como «Robin de los bosques» (1938) y «Lo que el viento se llevó» (1939), ahora en entredicho. Cuando el cine sonoro daba sus primeros pasos comerciales, con el estreno de la hoy no menos incorrecta «El cantor de jazz», en 1927, Olivia de Havilland ya llevaba más de una década en este mundo.

Muertos Kirk Douglas, a los 103 años, y su hermana pequeña Joan Fontaine, a los 96, para la protagonista de «La heredera» no tenía sentido seguir burlando a la muerte, ya sin competencia por el título honorífico de última leyenda del Hollywood clásico. La actriz falleció ayer en París a los 104 años, de envidiable muerte natural. Llevaba más de seis décadas en la capital francesa, donde se mantuvo alejada de su hermana, que vivía en California. Sus corazones estuvieron aún más distanciados durante casi 40 años.

Hija de británicos, Olivia de Havilland nació el 1 de julio de 1916 en Tokio, donde Walter de Havilland daba clases de inglés. Cuando sus padres se separaron, cuentan que por el protagonismo exagerado de alguna geisha, las mujeres de la familia se marcharon a California y Lillian Fontaine retomó su carrera como actriz. Protagonizó películas tan destacadas como «Días sin huella», una de las más amargas de Billy Wilder. Menos recomendable era su segundo marido, demasiado estricto para el espíritu de dos hermanas que llevaban el espíritu artístico en la sangre.

Olivia debutó como actriz en obras teatrales de aficionados, pese a la oposición del señor Fontaine, que propició que la joven se marchara de casa. En una de aquellas representaciones, fue descubierta por el director austriaco Max Reinhard, que cambió su destino para siempre al abrirle las puertas de la Warner. Ella se encargaría de romper el cerrojo no mucho después, en una de las disputas más sonadas de un intérprete con un estudio.

En 1943, en pleno star system, la actriz ganó un juicio cuyo fallo es conocido como «la decisión De Havilland» y acabó con un modelo de explotación que le valió el aprecio de toda la profesión. Hasta entonces, los estudios podían suspender los contratos con sus estrellas cuando estas no trabajaban, y alargar así la duración de la relación profesional, aunque solo fuera para evitar que participaran en proyectos de la competencia.

Ella demandó a Jack Warner, indignada al ver que los mejores papeles acababan de forma indefectible en manos de Bette Davis. «Todos en Hollywood creían que perdería, pero yo estaba segura de ganar. Había leído la ley y sabía que lo que hacían los estudios estaba mal», declaró, orgullosa de ayudar a amigos y colegas como Clark Gable, James Stewart, Glenn Ford y Henry Fonda.

Como actriz, Olivia de Havilland tenía una elegancia natural y cierto aire intimidante, pese a su pequeño tamaño. Fue nominada al Oscar cinco veces, de las que ganó dos, por «Vida íntima de Julia Norris» (1946) y «La heredera» (1949). Sus otras candidaturas llegaron con «Lo que el viento se llevó» (1939), «Si no amaneciera» (1941) -ese año ganó su hermana por «Sospecha», de Alfred Hitchcock- y «Nido de víboras» (1948). En televisión, amplió su palmarés, sobre todo con el Globo de Oro ganado por «Anastasia: El misterio de Anna», en 1986.

Hizo nueve películas con Michael Curtiz, aunque desgraciadamente para ella no «Casablanca», y fue compañera habitual de reparto de Errol Flynn, quien llegó a confesar que estuvo perdidamente enamorado de ella, aunque en el caso del galán esa circunstancia era habitual. Por parte de la chica, admitió que la atracción era mutua, pero explicó que era una mujer casada y desmintió los rumores que siempre acompañaban a Flynn.

Entre las colaboraciones de ambos intérpretes destacan los títulos de aventuras «El capitán Blood (1935), «La carga de la Brigada Ligera» (1936), «Robin de los bosques» (1938), así como la película del Oeste «Dodge, ciudad sin ley» (1939). Por lo general, todas ellas estaban concebidas para el lucimiento del protagonista masculino, en una época en la que estos géneros no eran muy agradecidos para las actrices, confinadas al papel de descanso del guerrero.