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La idea que muchos tienen de vivir por fe es la de una persona que no tiene empleo, y que vive dependiendo de ofrendas y donativos provenientes de los feligreses de alguna congregación. Vivir por fe no es un estilo de vida propio de aquellos que ejercen un ministerio; aunque todos en algún momento tengamos que enfrentarlas, vivir por fe no es, ni significa, una vida de privaciones, de carencias, de crisis, de altas y bajas.

Vivir por fe significa vivir en una dependencia directa del Señor; es la confianza desarrollada por el Espíritu Santo de que todas las cosas, pensamientos, decisiones, y acciones, que producimos diariamente están sujetas al Señorío de Cristo, y que por nada seremos confundidos en cuanto a lo que esperamos de Él.

Vivir por fe es el premio del Supremo llamamiento por el que todos hemos sido alcanzados por Cristo Jesús.

Vivir por fe es perseverar sin flaquear en nuestros esfuerzos y convicciones como si se tratase de una carrera que recibirá galardón al final.

Vivir por fe es entender que somos peregrinos y extranjeros en esta tierra, que nuestra morada es celestial, que por lo tanto no podemos amar las cosas materiales ni confiar en ellas como el recurso de nuestra existencia.