Manipular la ciencia

Escrito por el 11 de abril de 2022

Cuando Darwin visitó las Galápagos, en 1835, se dedicó a recolectar especímenes de la fauna local en las diversas islas del archipiélago. Esta era, de hecho, su principal misión como naturalista del Beagle. Entre los ejemplares recopilados, había algunos pájaros oscuros que no parecían destacar por ninguna característica especial y, desde luego, según se ha sabido después, no despertaron la curiosidad del joven coleccionista. Se trataba de los pinzones. Esas famosas aves que se convertirían después en símbolos totémicos de la teoría de la evolución.

En este sentido, se afirma en múltiples publicaciones actuales que la observación de numerosas especies de pinzones en las islas Galápagos estimuló el interés de Darwin por averiguar cómo se originaron las especies. Esto es inexacto, como veremos. De hecho, la obra por excelencia de Darwin, cuyo título completo es El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia, dice muy poco sobre el origen de las especies. Es un libro que no documenta siquiera el origen de una sola especie por selección natural. El gran naturalista inglés llegó a convencerse de que la evolución había tenido lugar, pero jamás la vio realizarse, ni durante las cinco semanas que pasó en las islas Galápagos, ni en ningún otro lugar.

Al profundizar en la bibliografía existente en torno a la vida del gran naturalista inglés, Charles Darwin, se descubre que con el tiempo se creó toda una leyenda acerca de la gran influencia que ejercieron los pinzones en su concepción de la teoría de la evolución. Sin embargo, lo cierto es que estos pequeños pájaros negros casi le pasaron desapercibidos y apenas tuvieron algo que ver con sus hipótesis.

En su famoso diario de viaje, que fue escribiendo a bordo del Beagle, sólo se les menciona de pasada pero sin discutir cualquier posible implicación transformista. Tampoco nunca se habla de ellos, desde esta perspectiva, en El origen de las especies. Lo cual sería muy extraño si realmente Darwin les hubiera dado a los pinzones de Galápagos tanta importancia como se cree en la actualidad.

Lo que ocurrió realmente fue lo siguiente. Después de que la expedición regresara a Inglaterra y los especímenes disecados fuesen entregados a los diferentes especialistas para su estudio, el ornitólogo John Gould, a quien le confiaron los pinzones y el resto de las aves, se dio cuenta de que buena parte de la información suministrada por el joven Darwin era errónea. Al intentar resolver las relaciones geográficas de los pinzones descubrió equivocaciones en algunas etiquetas indicativas de las localidades de recolección de las muestras. Gould se puso en contacto con Darwin y éste le confesó que de las quince localidades muestreadas, ocho las recordaba con serias dudas y, por tanto, tuvieron que ser reconstruidas comparándolas con las colecciones mejor etiquetadas del buque.

Jonathan Weiner, el ensayista que ganó el Premio Pulitzer en 1995 con su obra, El pico del pinzón, lo reconoce así: “En contra de la leyenda, Sulloway ha demostrado que Darwin no creía que los pinzones importaran mucho. Ni siquiera creía que todos fueran pinzones. Le parecía que el pinzón de los cactus era una especie de mirlo; confundió a otros pinzones con carrizos o currucas.

Darwin suponía que había muchos más como ellos en algún lugar de la costa de Suramérica, donde el Beagle no se había detenido. En otras palabras, por los mismos atributos que actualmente los hacen interesantes, Darwin consideró que los pinzones no eran nada del otro mundo. Su diversidad encubrió su singularidad. Para su eterno pesar, Darwin puso los especímenes de los pinzones de sus primeras dos islas en la misma bolsa, y no se le ocurrió etiquetar la procedencia de cada ave. Como las condiciones en las islas parecían más o menos idénticas, supuso que los ejemplares también lo eran.”2

En efecto, quien mejor supo desvelar la fábula creada en torno a Darwin y sus pinzones fue el historiador de la ciencia, Frank J. Sulloway. En junio de 1983, publicó un artículo en Nature titulado: “La leyenda de los pinzones de Darwin”3, en el que decía que, igual que la famosa anécdota de la manzana de Newton o los experimentos de Galileo en la torre inclinada de Pisa, la historia de los pinzones de Darwin que se enseña a millones de estudiantes cada año, es un mito elaborado después de la muerte del propio Darwin. Por tanto, decir que estas aves jugaron un papel crucial en el naturalista decimonónico para la gestación de su teoría de la evolución es una absoluta falsedad.

Darwin prestó más atención a otras aves de Galápagos, como los sinsontes, que a los famosos pinzones. No llegó a ser evolucionista hasta muchos meses después de su regreso a Inglaterra y fue años más tarde cuando hizo repasar los pinzones, justo después de comprobar la importancia que le dieron a estas aves otros ornitólogos ingleses.

Entonces los reinterpretó a la luz de su nueva teoría. Nueve años después de su viaje alrededor del mundo, en 1845, Darwin escribió en la segunda edición de su diario de investigaciones: “Uno de los más curiosos hechos es la gradación perfecta en el tamaño de los picos de las distintas especies de pinzones. Viendo esta gradación y la diversidad de esta estructura en un pequeño grupo íntimamente relacionado de aves, uno podría realmente suponer que desde una primitiva especie de aves en este archipiélago, estas se fueron modificando con fines diferentes”.4 Pero esto fue una especulación posterior, no una inferencia de las pruebas que recogió cuando estuvo en las islas. En realidad, no fue Darwin quien elevó los pinzones de Galápagos a su actual prominencia sino el neodarwinismo de la década de 1930.

El primero que se refirió a estas aves como los “pinzones de Darwin” fue el ornitólogo, Percy R. Lowe, en 1935. Ese año se conmemoró el centenario de la visita de Darwin a las islas Galápagos y Lowe los denominó así en una conferencia que impartió en la Asociación Británica, acerca de los pájaros de tales islas. Lowe y muchos de sus colegas no compartían la idea darwinista de que los pinzones fuesen un claro ejemplo de selección natural en acción. Estaba convencido de que estos pájaros no eran en absoluto especies separadas, sino enjambres híbridos ya que las diferencias en el tamaño de los picos eran tan insignificantes como pueden serlo las variaciones en el pelaje de perros y gatos vagabundos. De manera que, según el ornitólogo Percy R. Lowe, los picos de los pinzones estaban fuera del alcance de la selección natural.5 Sin embargo, no todos los estudiosos de estas polémicas aves pensaban de la misma forma.

Una década después, fue otro ornitólogo quien popularizó el calificativo de “los pinzones de Darwin”, mediante un libro publicado en 1947 que tituló precisamente así. Su nombre era David L. Lack y defendía la idea darwinista opuesta a la de Lowe. En esta obra correlacionaba las variaciones de tamaño en los picos de los pinzones con la diferente alimentación y argumentaba que dichos picos fueron adaptaciones causadas por la selección natural. Los pinzones de Darwin ejerció una gran influencia tanto sobre el público en general como sobre los especialistas y aficionados a las aves. Fue una obra que contribuyó a terminar con la crisis del darwinismo, característica de esa época, a pesar de que su autor había observado la selección natural en acción tanto como lo había hecho el padre del darwinismo. Es decir, nada en absoluto.

A pesar de ello, fue Lack más que Darwin quien dotó de significado evolutivo a los pinzones de las islas Galápagos. De manera irónica, fue también este mismo biólogo y ornitólogo británico, David Lambert Lack, quien contribuyó más que nadie a elaborar el mito de que los pinzones habían sido decisivos a la hora de forjar el pensamiento transformista en Darwin. A partir de ese momento, el mito fue creciendo con cada publicación posterior. Incluso se llegó a decir que Darwin había “recogido y observado rasgos del comportamiento de las especies de pinzones, tales como la notable costumbre del pinzón carpintero de usar herramientas”, algo que Darwin ni siquiera conoció en vida, según escribió -como ya hemos señalado- el historiador Frank Sulloway en 1983.

Lo paradójico del caso es que, a pesar de que este investigador desmintió la leyenda de los pinzones hace más de treinta años, muchos libros de texto de biología moderna todavía afirman que los pinzones de las Galápagos le inspiraron a Darwin la idea de la evolución. 

Este hecho muestra el tradicional apego del ser humano por las ideas afines a sus convicciones aunque, en el fondo, sea consciente de que éstas son claramente míticas. Al parecer, el pensamiento científico también es capaz de generar sus propias fábulas fundacionales. A pesar de que la contribución de Darwin a los famosos pinzones es en gran parte mítica, éstos asumieron su actual condición de iconos de la evolución casi un siglo después del padre del darwinismo.


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