Midnight in Paris

Escrito por el 17 de enero de 2022

Para este guionista de Hollywood, que es Gil -insatisfecho con su trabajo, y dudando si de verdad se ve casado con la práctica Inez, en una lujosa mansión de Malibú-, París no es la fiesta que se imaginaba en sus sueños de nostalgia por un pasado desconocido. Allen ha encontrado por fin su mejor trasunto en este frustrado novelista que interpreta un Owen Wilson, que ha dejado de intentar ser un joven Robert Redford, para encarnar al maniático cineasta de Brooklyn, en su deseo de escapar de una realidad que no le gusta, en un mundo que le aburre y entristece.

′La vida está llena de soledad, de miseria, de sufrimiento y de infelicidad′ -dice el genial Alvy Singer en la película que desvela el genio de Woody Allen, Annie Hall (1976) – ′y además termina demasiado pronto′. En su exilio europeo, el director neoyorquino continúa conjugando su pesimismo, bien en clave realista, al estilo de un nuevo Dostoievski, o con piezas cómicas de descuidado divertimento. En su magistral definición de comedia, el romanticismo de Midnight in Paris es tragedia más tiempo.

La historia del cine está llena de viajes en el tiempo y relatos de nostalgia por un pasado perdido. A veces la idea es corregir los ′errores′ de la Historia, para que ′subsanando′ el pasado, desemboquemos irremisiblemente en un presente, que por ende nos lleve a un futuro mejor. En otras ocasiones el viaje nos hace descubrir que el pasado no era, como pensábamos, mejor que el presente. Esta es la experiencia del protagonista de la última película de Woody Allen, Gil, cuando se fuga a un tiempo y un lugar pretendidamente más feliz.

Las deliciosas memorias de Hemingway, que convirtieron París en una fiesta continua, son evocadas por Gil en su fuga al consuelo de un tiempo perdido de plenitud idílica y ferviente creatividad. Cuando se nos presenta a esta pareja de prometidos, paseando por los jardines de Luxemburgo, nos sorprende la frase con la que comienza la película, al decirle ella: ′Tú estás enamorado de una fantasía′. El romanticismo de Gil (Wilson) choca continuamente con el realismo de Inez (Rachel McAdams), que se encuentra con su antiguo amor, el pedante Paul (Michael Sheen).

Ese centro neurálgico de la bohemia, que ha pretendido ser siempre París, como centro de la vanguardia artística, atrajo a la llamada generación perdida estadounidense a los cafés y fiestas, donde encontraron a españoles como Buñuel, Belmonte o Dalí. En ese parque temático de la Edad de Oro, aparece también el único personaje que no es histórico de esa época, la encantadora Adriana -Marion Collard-, musa ficticia de Picaso, Braque y Modigliani. Ella cree en otra Edad de Oro, la de la Belle Époque, donde les lleva una carroza, directamente al Maxim′s, para conocer a Toulouse-Lautrec, Gauguin, o Degas. La sorpresa es que ellos también encuentran su presente mediocre, y suspiran por haber vivido en el Renacimiento…

¿Es real ese mundo soñado, al otro lado del opaco espejo de nuestra existencia?, ¿o nos enfrentamos ante una ilusión? La nostalgia está en la raíz de muchos de los problemas contemporáneos. Si algunos sueñan con la independencia de siglos pasados, otros suspiran por la libertad de los sesenta, mientras hay quien añora todavía los valores familiares de los cincuenta. La película de Woody Allen nos muestra la futilidad de todo ello. Nunca ha habido una Edad de Oro, sólo una vida llena de insatisfacciones, como tenemos ahora. Todos suspiramos por un tiempo mejor. Da igual el tiempo y el lugar donde vivamos.

′El recuerdo es hambre′, dice Hemingway. Nuestros más cálidos recuerdos de tiempos que hemos vivido, o que nos hubiera gustado vivir, apuntan a un deseo profundo por una vida mejor. Ese anhelo apunta a la verdad del cristianismo, decía Lewis. Esa nostalgia por un mundo mejor, él la identificaba con el Cielo, el gran ′norte′ que podía ver en el inmenso cielo, encima de él, que relacionaba con el cambio de estaciones, los recuerdos de la infancia y la experiencia del hogar.

En el último de los libros de Narnia, C. S. Lewis nos da su particular visión del fin. No es una huída de la creación, o una fuga al pasado. Es una Narnia más ′real′, que la antigua Narnia, de la que esta no es más que una sombra. La vida en la actual Narnia tiene un final, pero no es el fin. Nos prepara para la vida en una nueva Narnia, donde nuestros anhelos de un hogar son satisfechos, y se extienden hasta la eternidad.

Cuando llegamos a cierta edad, supongo que es inevitable verse a veces dominado por la nostalgia. Aunque sabemos que es una ilusión, intentamos huir de esa manera de una realidad que nos resulta molesta, gris o dolorosa. ¿Quién no se ha preguntado alguna vez qué hubiera sido de su vida si se hubiera casado con otra persona, hecho otro trabajo, o estado en otro lugar?

Si los primeros capítulos de Eclesiastés se pudieran encarnar en alguien, sería como este Gil, insatisfecho con lo que la vida le ha ofrecido hasta ahora. Como en la definición de comedia de Woody Allen, el predicador parece ver la vida como el resultado de tragedia más tiempo:

′Me fijé que en esta vida la carrera no la ganan los más veloces, ni ganan la batalla los más valientes; que tampoco los sabios tienen qué comer, ni los inteligentes abundan en dinero, ni los instruidos gozan de simpatía, sino que a todos les llegan buenos y malos tiempos′ (9:11).

La ironía de aceptar esa realidad insatisfactoria es que nos libera para vivir nuestras actuales circunstancias. Si no podemos alcanzar un mundo ideal, podemos aceptar nuestro lugar en la vida. Dejar de pensar en ′lo que hubiera sido si…′, nos abre los ojos a lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Y nos da una mayor razón para esperar.

Una película rara vez te cuenta toda la historia. Puede ser que la decisión de Gil de quedarse en Paris, simplemente pospone algo más su infelicidad última, y pronto buscará satisfacción en otro lugar. Eso sería tan real como la vida misma, pero no es necesariamente una buena historia.

Los finales felices de las películas suenan un poco falsos, porque hay un montón de cosas que pueden ir mal. La hermosa francesa con la que Gil se queda al final, puede ser una loca, que le haga la vida imposible. O puede perder la novela que ha estado escribiendo durante tanto tiempo. Podemos ver los finales felices como totalmente engañosos, que ocultan una inevitable tragedia en un futuro cercano, o verlos como indicadores de que el corazón humano necesita una resolución.

Un final feliz es siempre en ese sentido escatológico. Aunque reconocemos que todavía no ha llegado esa Edad de Oro, cada vez que un héroe cabalga a la puesta del sol, o una pareja encuentra el amor, justo antes de los créditos finales, es como si la creación tartamudeando dijera: ′¡Ven, Señor Jesús!′. Es un anhelo de esperanza, que nos susurra sobre el día en que nuestras historias encuentren la conclusión satisfactoria del gozo final.

Cuando miramos al pasado, anhelando el paraíso, olvidamos que es mirando al futuro, como todo deseo será satisfecho, para alabanza de la gloriosa gracia de Dios.


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